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HISTORIA DE UN CAMBIO: DE LA DIETA AL HÁBITO

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Edgar Barrionuevo y David Martín.

Edgar Barrionuevo y David Martín.

 

Barcelona, mayo 2.017. La relación más duradera de una vida es con la comida. Mientras hay vida, se come, y mientras hay comida, se vive. Me he pasado la vida escuchando a mi madre y a mis abuelas decir que hay que comer. Cuando tenía migraña o estaba mareada me preguntaban cuánto rato llevaba sin comer; si lo que sentía era cansancio es porque necesitaba azúcar y lo más adecuado era un panecillo con chocolate o un cruasán de cuernos gordos; si tenía el estómago revuelto me daban arroz hervido con su almidón majestuoso, y si era directamente dolor de barriga la solución eran hidratos de carbono combinados con grasa y sodio y una loncha de proteína procesada, o sea, tostadas con aceite y sal y jamón dulce. ¿Y el comentario de las vecinas? ¡Qué maja está la niña! ¡Maja! El criadero de células grasas tenía ya los cimientos puestos.

Sea lo que fuere, todo se solucionaba comiendo en una casa en la que, además, se cocinaba con cazuela de barro y olla gigante. Ahí es donde empieza para todos, en esa infancia controlada por otros, nuestra futura relación con la comida. Porque es eso, una relación, la más duradera de nuestra vida.

Es cierto que he sobrevivido como tantos otros que han tenido madres y abuelas, pero, como a ellas y a ellos, el sobrepeso y una dieta hipocalórica me han acompañado desde que comencé a usar la razón. Creo que incluso antes, cuando un tal Doctor Soldevila pautó para mí, a los 14 años, una dieta de arroz blanco con tomate y bistec. O sea, cereal refinado y proteína animal de procedencia desconocida. El caso es que adelgacé. ¡Claro! ¿Qué metabolismo puede asimilar tanto refinado y tantas proteína casi idéntica a la propia durante meses? Una de dos, o lo eliminaba arrastrando con ello las grasas, o me quedaba en el camino. Tenía mucho por hacer así es que arrastré y sobreviví.

Llegan los hijos y los kilos de pretexto. Y no dejas de fumar para no engordar y te prometes a tí misma que lo dejarás en cuanto pierdas los 5 kilos que te sobran. Pasan los días y ya no son 5, son 10… Sigues fumando. Yo lo dejé a pesar de todo, pero porque una neumonía casi me mata. Con 41 grados de fiebre, sin poder alzar los párpados ni apenas respirar, con el cuerpo hundido en un colchón del que en algún momento dudé salir, recuerdo la voz complaciente de mi madre: ¿Te preparo algo de comer? ¡COMIDA!

Dejas de fumar y tu relación con la comida se intensifica porque los dedos te piden a gritos que pinces algo, lo que sea, algo. Debes aprender a reaccionar a situaciones sin la demora que te otorgaba encender un cigarrillo, cuando lloras tienes que conformarte con la sal de las lágrimas y cuando ríes no puedes detenerte a aspirar. ¿Qué haces? Necesitas paliativos al caos y mereces ayuda. Si, ¿qué hago?, te preguntas inmersa en la ansiedad. Pues comes. Y aquellos 10 kilos de más se convierten en 20. A la menopausia la vamos a dejar en paz, pero es una auténtica cretina en cuando a que a la vez que la hormona te abandona se desarrolla el gen ahorrador (averiguar, muy interesante el tema).

He tenido que contar todo esto para poder comprender lo que sucede en Corpore Studio.

 El ayuno

Las dietas se suceden. Me premio, me castigo, me siento culpable cada vez que disfruto con alimentos prohibidos… Me siento una causa perdida, portadora del síndrome acordeón, siempre con la alerta en algún rincón de mi cerebro que me dice que acumule, que puedo morir de hambre… Me entra el pánico y eso es la base de mi relación, terror a quedarme sin comida. ¿Lo resolvería con una recesión hipnótica? No pienso someterme a ello.

Un día me llama Ángels Bronsoms, colega periodista, y me pregunta: ¿Te gustaría hacer un ayuno de tres días? Casi muero del susto. ¿Tres días sin comida? Pero ella desconoce el cariz de mi relación emocional más larga y no le cuesta convencerme. No solo voy sino que tres amigas se suman a la aventura: Lola, Pilar y Merche.

Llego al centro Corpore Studio, en el Club Náutico de Castelldefels, un martes a las 9 de la mañana. Nos recibe Edgar Barrionuevo, uno de los socios fundadores de la marca. Más tarde conoceremos a su socio, David Moreno. Entre los dos, que han estudiado INEF, suman másters, diplomas y títulos suficientes para dar credibilidad al proyecto (http://www.purecorpore.com/). Edgar reparte una carpeta personal para que durante 3 días anotemos nuestras reacciones, el color de la orina, si hay insomnio, ansiedad… Hay que tomarse la tensión y el pulso a diario y anotarlo en la ficha. El médico está cerca y nos visita un día a la semana si no es necesario más.

Hemos alquilado dos apartamentos junto al centro porque a pesar de estar cerca de nuestras casas decidimos dormir allí para no despistar la mente, para ocuparnos solo de nosotras.

Este es el programa con el que nos vamos a enfrentar cada día.

Entra el pánico. Dos zumos, un chupito y un caldo al día. ¿Perdón? ¿Senderismo sin comer?

Acabo de llegar y ya me quiero ir. Solo el compromiso con Angels, su responsable de comunicación, me mantienen clavada en el sofá blanco mientras Edgar habla y cuenta que son tres días dedicados al hígado, el órgano más trabajador del cuerpo (después del cerebro), el que recibe las impurezas de los demás y las procesa de la mejor forma para que causen el menor daño posible. O sea, el que trabaja para todos los demás. Él va a ser el que va a recibir todas las energías estos 3 días y ya se encargará el gen ahorrador de soltar lo que nos sobra para, de paso, perder peso, porque el enano interior, el maldito canalla que no deja de pedir comida, va a tener que recurrir a las reservas.

Primer día. Una hora de yoga descubriendo músculos y articulaciones desconocidos. Después dos horas de senderismo y el terreno no es llano, sino que sube y baja sin parar por el macizo del Garraf con un chupito de jengibre y manzana en el cuerpo. No solo se puede, sino que el cuerpo, que es una máquina inteligente, se adapta a la situación como un camaleón y llega a extremos que yo misma desconozco. Camino, y a cada paso la energía aumenta, incluso en subida. No hay cansancio, en absoluto.

Momento premio después de la caminata y el vaso enorme (¿es enorme o me lo parece a mí?) de frutas licuadas es un manjar glorioso. Hay que beber despacio, saboreando cada sorbo, separando los sabores de las frutas en el paladar. Pero hay un final y miro la ficha: próxima ingesta a las 5 de la tarde. Faltan 3 horas. Aparece un sueño intenso, me pesan los párpados, apenas puedo mantener los ojos abiertos. El dolor de cabeza aparece. Urge una siesta.

El licuado de las 5 de la tarde es una labor colectiva pues se hace entre todos. Otra vez sorbos cortos, saboreando, esperando que no se acabe nunca.

Siguen las dos horas de charlas impartidas por Edgar y David. Son minutos importantes, los de la teoría de la salud, los que marcarán o no el comportamiento posterior, la vuelta a casa.

Media hora de meditación, fundamental en esta tesitura, y nos vamos a la cama con un termo lleno de caldo vegetal caliente. Ese es para mí el momento más glorioso del día, lo más parecido a la felicidad. Primer día superado y la energía ha aumentado a la vez que el hambre ha disminuido. A las 11máximo, el mundo consciente desaparece.

Segundo y Tercer día. Solo varían los recorridos de la caminata matutina, el contenido de las charlas y nuestro ánimo. Una se derrumba y las demás la levantan al momento, y así nos vamos pasando el testigo entre nosotras. El dolor leve de cabeza, una sensación de pensamientos turbios, permanece. La piel transpira toxinas, hay legañas, aliento poco agradable y el olor de la orina es muy intenso, desagradable.

El cuarto día desaparece totalmente el dolor de cabeza y la piel comienza a mostrarse renovada. Me alegro de haber iniciado esta experiencia porque, además, vuelvo a casa y continúo el ayuno durante 9 días. Y sigo sin tener hambre.

Las conclusiones reales:

-Mientras ayunas no sientes hambre real

-El hambre emocional desaparece

-La meditación ayuda a sentir cada uno de tus órganos

-He roto con una relación y he iniciado una nueva que espero sea duradera

 Dos meses después los hábitos continúan. En el camino han quedado 14 kilos de insalud.

Corpore Studio
c/ 514, nª1, 2ª planta
08860 Castelldefels
(Barcelona)

 

sede de Pure Corpore.

El Club Náutico de Castelldefels, sede de Corpore Estudio.

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